Rodrigo Fresán: “El papel ancestral del cuento es terapeútico”

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“Me recuerdo, entre los cuatro o cuatro años y medio, sabiendo que iba a ser escritor, pero no sabiendo leer ni escribir”. Para Rodrigo Fresán nunca hubo plan B porque siempre soñó con escribir, más que con ser escritor. ¿Su receta? Leer con fervor, buena música de fondo y debajo de todo eso: un deseo de solitud. “Hay una cosa muy atávica y primitiva, que incluso antecede a todo el tema literario, y que es que me gusta estar solo. El leer y el escribir siguen siendo una de las pocas formas respetables de la soledad para segundos y terceros sin que piensen que te estás volviendo loco. Si dices ‘estoy leyendo, estoy escribiendo’, todavía te dejan un poco en paz”, reflexiona. Fresán no tuvo la conciencia de hacerse escritor porque sentía que era parte de su destino, y su historia se fue acomodando o desacomodando para que no pudiera hacer otra cosa que refugiarse en los libros durante su infancia y adolescencia. Épocas en las que conoció todo tipo de mundos a través de la lectura, que de otra manera no hubieran llegado para transformarle. Un camino que considera indispensable para conocer las motivaciones que hay detrás del proceso narrativo de una historia, en el que se encuentran los tres movimientos principales de todo escritor: inventar, soñar y recordar, y del que nació su trilogía ‘La parte inventada’, ‘La parte soñada’ y ‘La parte recordada’.

Periodista, traductor y escritor, pone en valor el papel ancestral del cuento como herramienta terapéutica y social de los seres humanos: “La literatura no es una ciencia exacta, es una vocación infantil en la que hay que divertirse”. Autor de novelas de ficción, actualmente es considerado uno de los escritores contemporáneos más prometedores destacando obras como ‘Vidas de santos’, ‘La velocidad de las cosas’ o ‘El fondo del cielo’ entre sus publicaciones.

La psicología estructuralista, creada por Edward Titchener, se enfoca en el estudio de la mente humana a través del análisis de sus elementos más básicos, como las sensaciones, los sentimientos y las percepciones. Titchener argumentaba que la mente podía ser analizada en términos de estructuras, y que estas estructuras podían ser estudiadas a través de la introspección.

La introspección implica el examen de los propios pensamientos y sentimientos, lo que se considera un método subjetivo de investigación. Esta metodología se volvió muy popular en la psicología estadounidense a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, pero con el tiempo fue criticada por su subjetividad y falta de objetividad.

No obstante, la psicología estructuralista es una corriente de pensamiento importante en la historia de la psicología, ya que sentó las bases para el estudio sistemático de la mente humana y el análisis de la conciencia. Además, Titchener estableció el primer laboratorio de psicología en los Estados Unidos y ayudó a formar la primera generación de psicólogos experimentales en ese país.

Giselle. Hola, Rodrigo. Me llamo Giselle y estoy estudiando segundo de Bachillerato de Ciencias. Soy de Bolivia y, al igual que tú, he podido conocer esa tradición latinoamericana que existe por el cuento. Contamos con grandes autores, como Borges y Cortázar, y me gustaría saber qué tienen de especial los cuentos y por qué hay tan buenos escritores.

Rodrigo Fresán. Bueno, en Bolivia también están Edmundo Paz Soldán y Liliana Colanzi, que son amigos míos que escriben cuentos también. El tema del cuento me parece a mí… Hay un escritor norteamericano que se llama John Cheever, que es uno de mis favoritos, que dice que la novela es el género del hombre sedentario y el cuento es el género del hombre nómade todavía, el que se mueve, el que no está asentado. Y él también dice que la importancia del cuento es que, cuando vas al dentista y te van a sacar una muela, y sabes que te va a doler mucho, tienes tiempo para leerte en la sala de espera un cuento completo.

Y eso, de algún modo, antes de pasar a la sala de torturas, significa un consuelo. También dicen que en tu lecho de muerte, en el momento en que te vas a morir, tienes tiempo para un microrrelato. No tienes tiempo para una novela completa. En ese sentido, el cuento me parece que, como cuestión terapéutica, tal vez sea más efectivo que la novela.

Que tenga una acción más inmediata. La típica historia de gente alrededor de una fogata contándose un cuento. O cuando eres niño, con tus amigos, que te cuentas cuentos de fantasmas para asustarte, ¿no? La novela es… Me parece que el cuento también se puede ejercer o se puede disfrutar en grupo, y la novela me parece que es una cuestión más solitaria. Para un escritor, evidentemente, pasas más tiempo… supuestamente, teóricamente, pasas más tiempo enfrentándote a una novela que a un cuento, aunque no necesariamente.

De todas maneras, yo los libros míos de cuentos siempre he tratado de que tengan como una ilación entre uno y otro, a veces repitiendo personajes, de una manera bastante evidente, y a veces repitiendo motivos o temas. Pero no es una preocupación mía.

El cuento, también, cuando lo pones desde un punto de vista histórico dentro de la literatura más o menos moderna, el gran ‘boom’ cuentístico norteamericano, por ejemplo, tiene lugar a partir de un hecho que no tiene nada que ver con la literatura, que es que a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX se consolida la idea imperial de Estados Unidos. Surge una cantidad de productos nuevos, y esos productos se publicitaban en revistas. Entonces se multiplica la cantidad de revistas que hay, y necesitan cuentos para llenar las páginas entre publicidad y publicidad.

Y eso hace que una cantidad de grandes novelistas norteamericanos también sean grandes cuentistas. Y además era una manera de vivir bastante bien. Si uno era un cuentista de éxito en un momento… En los años 20, por ejemplo, un escritor llamado Francis Scott Fitzgerald, que escribió ‘El gran Gatsby’, se hizo muy famoso escribiendo cuentos sobre su generación y los jóvenes en la época del jazz y todo eso. Y piensa que, en 1920, a este hombre le pagaban por un relato como de ocasión, para una revista, entre 5.000 y 10.000 dólares de entonces, que son como 40.000 dólares de ahora por un relato.

Eso nunca más va a volver a ocurrir. Se acabó, también en Estados Unidos, al poco tiempo, cuando surgió el ‘boom’ de la radio y la televisión. Entonces la publicidad se desplazó hacia esos soportes, y estas revistas que publicaban muchos cuentos fueron cerrando, y ahora quedan muy pocas. Con esto quiero decir que en un terreno ideal de las cosas, y en un determinado momento, un escritor vivía de sus cuentos y con eso financiaba su novela.

De hecho, todavía hoy, en el mercado norteamericano literario, los contratos generalmente se firman por un libro de cuentos y una novela, en el sentido de que el escritor va publicando esos cuentos, va viviendo de eso, lo junta en un libro, escribe la novela, sale la novela, publica más cuentos… pero eso es cada vez más difícil. También el cuento tuvo una… Además de todas las virtudes que puede tener el cuento, y todo el perfume ancestral y original a la hora de contar historias, que ya está en la ‘Odisea’ y en ‘Las mil y una noches’, que son estructuras novelescas pero fragmentarias y que se pueden narrar en parte, el cuento tenía esta función práctica que ya no la tiene. Pero para mí sigue siendo algo formidable poder leer un cuento, que te puede llevar media hora, y salir con algo de ahí.

“El papel ancestral del cuento es terapeútico”

Esta entrevista fue publicada originalmente por: aprendemosjuntos.bbva.com

REDACCIÓN WEB DEL PSICÓLOGO

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