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Mary Gordon: “Alfabetización y empatía en la infancia”

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En el articulo de hoy les presentaremos una entrevista de BBVA a la Educadora Mary Gordon educadora especializada en la crianza de hijos y en defensa de los niños creó Roots of Empathy organización benéfica. En esta entrevista se hablará de dos puntos muy importantes: La empatía y la alfabetización en la infancia.

Entonces, antes de entrar en la empatía y cómo enseñarla, ¿Cómo definirías tú la empatía?

Considero que la empatía es la habilidad de entender cómo se siente otra persona y ser capaz de sentir con esa persona. Creo que la empatía tiene un componente cognitivo: el cambiar la perspectiva, y un componente afectivo: la emoción. Para mí, las dos son necesarias cuando hablamos de empatía, mientras que, para mucha gente, solo es necesario el cambio de perspectiva. Creo que el lado humano, el lado afectivo, es necesario para desarrollar verdaderamente la empatía.

¿Cuándo te interesaste en esto como objeto de estudio?

Creo que me interesé por primera vez en 1981, llevaba un tiempo trabajando y había comenzado el primer programa de ayuda parental de Canadá, sobre todo dirigido a familias e inmigrantes que no sabían cómo acceder al sistema escolar. Esto fue en Toronto, Canadá, pero luego lo expandimos, para permitir que todas las familias de esos barrios pudieran venir. Esto era en los colegios más pobres, con peores medias, y me di cuenta, al estrechar lazos con las familias que requerían la ayuda del programa para sus bebés y niños que aún no tenían edad escolar, de que había una epidemia de violencia doméstica y de que estaban abusando de los niños, física y sexualmente. Estaba destrozada.

Nada de lo que había estudiado o experimentado anteriormente podía ayudarme a comprenderlo y me di cuenta rápidamente de que el denominador común en todos estos casos de violencia era la ausencia de empatía. Y, trabajando con padres con bebés muy pequeños, me di cuenta de que, en ese primer año de vida, en que aún son totalmente dependientes, surgía o moría la empatía. Entonces, vi dos cosas: que la ausencia de empatía enfatizaba la violencia y la crueldad de todo tipo, y que la empatía se desarrollaba a través de una relación de apego con los padres a temprana edad. Junté las dos y, en 1996, tras ese periodo de aprendizaje junto a las familias, me di cuenta de que se puede romper ese ciclo de crianza y violencia llevando las relaciones de apego a los colegios, para que los niños pequeños puedan ver qué es el amor, se identifiquen con un bebé y desarrollen su empatía si no han tenido la suerte de tener unos padres empáticos. Si han tenido esa suerte, podrían mejorarla.

¿Cómo describirías, brevemente, qué es ‘Roots of Empathy’?

 ‘Roots of Empathy’ es un programa escolar de educación primaria, para niños entre cinco y once años en la mayoría del mundo. La idea es que trabajamos con una familia del barrio que tenga un bebé. El bebé tiene entre dos y cuatro meses cuando comenzamos, en otoño. Formamos a un instructor, y hay un programa especializado para la edad de los niños en que hay nueve temas a lo largo del año escolar. Visitamos la clase 27 veces y los niños, en nueve de esas ocasiones, se reúnen alrededor de una manta verde y se les enseña a observar al bebé con su madre, o sus padres, para que entiendan cuáles son las intenciones y sentimientos de ese bebé. Básicamente, les enseñamos a ver la humanidad de un bebé, pequeño y vulnerable, y a encontrar la suya propia, aprendiendo así lo que llamamos “alfabetización emocional”.

Dan Goleman lo llamaría “inteligencia emocional”, pero estamos enseñando a los niños a entender los sentimientos del bebé, a ponerles nombre. Los niños aprenden rápidamente que lo que siente el bebé es algo que ellos también han sentido. Y entienden que sus amigos también. Les une. Entender y reconocer las señales emocionales de tus amigos te permite conectar con ellos, tener una relación. En el mundo en que vivimos, si los niños aprenden a entenderse en el colegio, podemos alcanzar paz. Podemos alcanzar una salud mental positiva, podemos romper ciclos de violencia y malas infancias. Hemos probado que ‘Roots of Empathy’ reduce los índices de agresión y acoso escolar, incrementando el comportamiento social positivo y la competencia emocional. Y eso es algo muy valioso. Escuchándote entiendo que lo que has hecho durante décadas es desmontar un mito muy extendido, el de que algunas personas nacen con empatía, con la capacidad de leer las emociones de los demás y ponerse en el lugar del otro, mientras que otros nacen sin esa habilidad.

Básicamente, tu programa con los niños está demostrando que todos tenemos esa capacidad, ¿verdad?

 Sí, todos tenemos esa capacidad. Tenemos un punto de vista algo diferente sobre la empatía y cómo se desarrolla. Si el origen de la empatía es la relación de apego entre los padres y sus bebés, cómo se sienta ese bebé, que el padre o la madre sea capaz de reconocer y satisfacer las necesidades del bebé, harán que ese niño se quiera a sí mismo, se sienta querido y sea capaz de querer a los demás. La idea es que se puede desarrollar la empatía mediante la experiencia. No hay un chip que te puedas insertar, ni hay un manual de instrucciones que te haga empático, es algo que se construye a partir de las vivencias de cada uno. No pretendemos enseñar a ser empático, mantenemos que, aunque no se pueda enseñar de manera tradicional, se puede entender. Todos los niños saben cuándo están viendo amor, el amor te seduce, te atrae, te hace sonreír sin querer. Trabajamos con la relación más poderosa que tendrán en su vida, trabajamos con alguien que daría su vida por el bebé, con amor incondicional. Trabajamos con una relación de apego que nos da un comienzo en la vida.

Pensamos que no todo el mundo empieza con buen pie, y no es culpa de nadie, pero si podemos hacer que todos los niños experimenten ese tipo de relación, sin que se les examine, sin que tengan que sentirse mal por ello… Hemos trabajado con niños que han tenido infancias terribles. El niño que más recuerdo fue uno con el que nos encontramos a finales de los noventa, hace muchísimo tiempo.

Cuando el niño tenía cuatro años, asesinaron a su madre delante de él. Entró en el sistema de adopción y no paraban de rechazarle. El motivo de los rechazos era su comportamiento. Lo que la gente no entiende es que los niños nos comunican sus sentimientos a través de su comportamiento. No saben cómo decir: “Nadie me quiere”, “No sé qué hacer”, “Tengo miedo”, “No quiero dormir solo”, “No quiero ir al colegio porque se ríen de mí”. No saben cómo decírtelo, pero pueden actuarlo. Todos le rechazaban, no tenía un ancla y no tenía ningún recuerdo consciente de haber sido querido. El día en que vino a ‘Roots of Empathy’ la madre contó a los niños que siempre había querido un bebé muy mimoso, que se dejara poner ropa bonita, y que llevaba queriendo eso desde que era muy pequeña. Y ¿qué tuvo? Un bebé independiente, al que no le gustaba que le disfrazaran ni le abrazaran, que, al ponerle en el portabebés, solo quería ir hacia afuera, y lloraba al estar de cara a la madre. Sonó el timbre y la madre preguntó si alguien quería probar el portabebés. El niño, que estaba en sexto de primaria, levantó la mano.

Tenía dos años más que el resto de los niños, porque al mudarse tanto había perdido mucho tiempo de educación, así que era dos años mayor. Tenía la cabeza rapada, con una coleta arriba, intentaba parecer duro, como si no le importara nada y levantó la mano, quería probar, lo cual sorprendió a todo el mundo. Los niños estaban cogiendo las mochilas y saliendo al recreo, así que nadie estaba prestando mucha atención. Cuando se puso el portabebés, la instructora del programa le preguntó si quería coger al bebé. Y dijo que sí. Y la madre puso cara de horror, pero cuando le pusieron al bebé encima el bebé se amoldó a su cuerpo, a pesar de lo que había dicho la madre sobre que le gustaba mirar hacia afuera. Nunca había cogido al bebé, aunque lo había visto. Cada vez que la madre venía al colegio dejaba que todos los niños vieran al bebé, lo pasearan por el círculo de niños al principio y al final de las sesiones. El niño se fue a una esquina, abrazando al bebé y meciéndolo, como había visto hacer a la madre. La madre no dejó de controlar en ningún momento que todo fuera bien y, cuando volvió después de unos minutos, cuando ya no había más niños, y había devuelto el bebé a su madre, le preguntó a la instructora del programa:

“¿Crees que se puede ser buen padre si nunca te han querido?”. No creo que tengamos derecho a rendirnos con ningún niño. Creo que pueden darse cuenta solos, que este niño pensaba que nunca traería un hijo al mundo cruel en que se crio, que como nadie le había querido, no sabría querer. Pero ese año con ‘Roots of Empathy’ le hizo creer que podía amar y ser amado. Ese niño era, muy probablemente, uno de los casos más tristes de nuestra sociedad y fue capaz de encontrar su propia humanidad. Y esto me hace pensar, ¿cuál es el propósito de la educación pública? No debe ser solo producir gente alfabetizada en el sentido tradicional, sino que debe servir para crear ciudadanos, personas capaces de saber cómo relacionarse con los demás.

Estamos en medio de una crisis mundial en este aspecto, ¿Qué estamos haciendo al respecto? ¿Crees que estamos poniendo demasiado énfasis en las habilidades cognitivas de la gente y prestando muy poca atención a nuestro lado humano? ¿A que somos humanos y debemos ser seres sociales? ¿A que necesitamos conexiones y relaciones para alcanzar el éxito, tanto profesional como personal?

 Sí, creo que se da demasiado énfasis a la educación científica y los logros cognitivos, y la gente no ve que, si observamos a los niños muy pequeños, aprenden a través de relaciones basadas en el amor y el apoyo, y eso es igual cuando crecen. Necesitan sentir que alguien ve sus progresos, necesitan que los animen. Los niños aprenden mejor en entornos en que se sienten integrados, y no invertimos el suficiente tiempo creando el tipo de relaciones necesarias en las clases. Los profesores deben estar al tanto de cómo el apego les puede ayudar a enseñar. Sabiendo, como sabemos, el impacto tan nocivo que tienen las adversidades tempranas en las capacidades de los niños, en su humanidad, por así decirlo, los profesores necesitan comprender cómo enseñar teniendo en cuenta esos traumas.

Tienen que entender las circunstancias de los niños antes de llenarles más la cabeza. Tienen que abrirse a establecer relaciones con ellos y creo que, tradicionalmente, a los profesores se les ha dicho que mantengan las distancias, que sean profesionales. Si abrazas a un niño, puede que te acusen de abuso sexual, si conectas demasiado con ellos, perderás autoridad. Mentira. Tienen que abrirse, dar cariño, darse cuenta de que, si van a ser profesores, tienen que llegar a esos niños y ¿cómo llegas a alguien? Tienes que verlos. Ver sus debilidades, ver su sentido del humor, ver lo valiosos que son. Reconocer eso que los hace únicos e incomparables. Y a los profesores no se les enseña que los niños aprenden a través del amor.

No tienen que decir “te quiero” a cada niño, pero tienen que apreciar de manera sincera sus habilidades. Los niños hablan de sus profesores favoritos y no siempre son los más inteligentes, no siempre son los que más éxito tienen, son los que los han visto de verdad. Los que los han entendido. Me parece muy bien el énfasis en las ciencias, que intentemos que las mujeres participen más en ese tipo de carreras, pero ¿por qué no intentamos que los hombres sean más humanos? Educamos de manera muy diferente a niños y niñas, tanto en Norteamérica como en Europa. A las chicas se les dice que se callen y a los chicos que no sientan. Es un mensaje muy dañino. Tenemos que poder llegar los unos a los otros, establecer buenas relaciones, y solo podemos hacerlo mediante la empatía. Todas estas cosas que estás comentando son demasiado importantes para explicárselas solo a los profesores.

Quiero decir, pienso que la responsabilidad de educar a personas para que sean buenas, cariñosas y empáticas no es solo de los profesores. Creo que los padres son una pieza clave y me gustaría que me contaras lo que has visto y cómo el hecho de que los padres vivan agobiados, con mil cosas que hacer cada día, afecta a sus relaciones con sus hijos. Sí, creo que el panorama ha cambiado de manera drástica, estamos en la cuarta revolución industrial, la inteligencia artificial ha cambiado la manera en que muchos niños experimentarán, y experimentan, la vida. El panorama ha cambiado también para los padres, creo que nunca ha sido más difícil ser padre, hijo o profesor. Si lo piensas, creo que la institución más importante de nuestra sociedad es la familia. No se la respeta, no se la ayuda, y solo se le presta atención cuando falla. La educación, para mí, ocupa el segundo puesto. Es muy importante, porque los niños pasan mucho tiempo en el sistema educativo y es donde florecerán o acabarán rotos. Creo que los profesores son muy importantes y están muy infravalorados. Estoy de acuerdo con lo que dices, no todo es responsabilidad de los profesores, pero no deberíamos avergonzar a los padres. Necesitamos crear las condiciones óptimas para los niños en nuestra sociedad. Tenemos que decidir qué tipo de sociedad queremos. Y lo mismo con el ambiente. Si queremos arrancar de raíz los problemas en el ambiente y la educación, tenemos que darnos cuenta de que, sin empatía, no vamos a llegar a ninguna parte. Tenemos que pensar en los niños que aún no han nacido, en los niños que no viven en nuestro barrio.

¿Cómo ayudamos a los padres?

 He visto cosas geniales con padres y he visto cosas geniales con profesores. Respondiendo a tu pregunta sobre lo que pueden hacer, y hacen, los padres, creo que infravaloran su poder. Da miedo que te digan que eres el único responsable, sobre todo cuando nadie te ha dicho qué tienes que hacer, pero creo que los padres deberían darse cuenta de que su amor es la respuesta para casi todo. Cuando un niño tiene dos años y tiene un problema, con un par de besos se le pasa. Cuando tienen cinco años, ya no lo puedes curar todo con un beso, y cuando tienen quince, sus problemas son peligrosos. Si no has empezado antes a comunicarte con tu hijo, a ayudarle a reflexionar y desahogarse, será un problema. Pero si los padres hablan con sus hijos sobre cómo se sienten, para que tengan un modelo a seguir, para que vean la vulnerabilidad en sus padres, y hablo de algo tan simple como sentarse a cenar. Aunque hoy en día no muchas familias se sientan a cenar, con las extraescolares, las horas extras, etc., sea en el momento que sea, cuando se reúne la familia, si los padres preguntan al niño: “¿Qué tal ha ido el colegio?”, los niños se sienten interrogados y no querrán compartir, punto. Pero si la madre dice: “Hoy he tenido un día duro en el trabajo, no llegué a entregar esto a tiempo”, o: “Me equivoqué haciendo tal cosa”, si comparte su humanidad, su decepción, cualquier emoción negativa con sus hijos.

Aunque no lo crean, los padres son los ídolos de sus hijos, los niños quieren ser como ellos a toda costa y los quieren más que a nada en el mundo. Si la madre es capaz de ser el modelo a seguir en cómo hablar sobre algo decepcionante, doloroso o vergonzoso, sobre cualquier cosa que la haga parecer vulnerable, el niño se abrirá y podrá contar que ese día en el colegio respondió mal a una pregunta y se rieron de él. Y si la madre le dice: “Sí, recuerdo esa sensación”, ayudará a la alfabetización emocional de su hijo. La alfabetización emocional no es solo saber cómo se llaman tus emociones, es saber reconocerlas, entenderlas y discutirlas con fluidez. Los padres pueden comenzar por construir ese aspecto de manera natural con sus hijos, para luego pasar al aspecto cognitivo de la empatía, y es algo que los padres hacen mucho, al ver la televisión, por ejemplo, y decir: “¿Cómo se habrá sentido en ese momento?”. “¿Cómo crees que se siente?”. Están abriendo el camino para que los niños entablen un diálogo auténtico con ellos, que incluya tanto el aspecto emocional como el cognitivo y que es más poderoso que cualquier cosa que pueda enseñarles un profesor en clase. No olvidarán ese momento en que sus padres compartieron su lado vulnerable.

Has hablado del poder de las palabras y cómo contribuyen a esta alfabetización emocional, pero también te he oído hablar muchas veces sobre la importancia del contacto físico. Y eso algo que los adultos tampoco hacemos lo suficiente. Vemos el tocar a alguien como una agresión, como algo que intimida, una invasión de su espacio personal. Querría que nos hablaras de esto, de los beneficios de la interacción física con los bebés y los niños pequeños. Extendería lo que dices a personas de mediana edad y mayores. Todos necesitamos que nos toquen. De todos los sentidos, cuando un bebé se está desarrollando, el del tacto es el más poderoso. Les ayuda a integrarse, porque cuando nacen, los bebés están desconectados de muchas cosas. Los sentimientos y la cognición son lo mismo, están unidos de manera inevitable y no pueden diferenciarlos. El sentido del tacto es el que más une.

En la actualidad, los jóvenes suelen vivir solos en espacios pequeños, y esto ocurre ahora más que nunca. Ya no tienen la oportunidad de pertenecer a una comunidad, de establecer contacto. Si no tenemos todo eso perdemos una parte de nosotros mismos. ¿Cómo contribuye esto a la crisis de empatía que mencionabas, Mary?

 Estamos sufriendo una gran crisis de empatía, nuestros valores han cambiado, ya no somos una comunidad. Creo que corremos el riesgo de no ser capaces de resolver los problemas que tiene nuestro mundo hoy en día. Problemas serios. ¿Cómo vamos a enfrentar el hecho de que 65 millones de personas estén migrando en busca de hogares? El hecho de que se van a producir desastres naturales por el cambio climático y habrá refugiados víctimas de los mismos. Tenemos que ser capaces de encontrar la humanidad en los demás. Darnos cuenta de que los seres humanos compartimos algo, que es la capacidad de sentir. Si no lo hacemos seguiremos en esta crisis y seguiremos sin encontrarnos los unos a los otros. No sabemos cómo conectar. La doctora Sarah Conrad, de la Universidad de Michigan, realizó un estudio muy interesante hace unos siete años, comparó los estudiantes universitarios de los años setenta con los de los dos mil y vio que su preocupación por los demás había caído drásticamente, en un cuarenta y pico por ciento. Un porcentaje similar de personas tampoco se ponían en el lugar del otro, y estos son los dos elementos de la empatía.

Si se ha reducido tan drásticamente la empatía en el segmento más educado de la población, ¿qué dice eso de Norteamérica? Y ¿es un indicador de lo que pasa en el resto del mundo? Creo que para solucionar esta crisis de conexión necesitamos desarrollar la empatía y, para ello, hay que inculcársela a los niños. Todos los niños van al colegio en el primer mundo, ¿Qué podemos hacer, además de darles las asignaturas de siempre?

 Debemos alfabetizarlos emocionalmente, la moral es importante, y la empatía está relacionada con ella. Esta crisis está afectando a muchas cosas. Necesitamos ser capaces de conectar los unos con los otros, ser capaces de leer los sentimientos de los demás y encontrar la humanidad que nos une a todos. Está ahí.

Mary, has desarrollado un método extraordinario, que está ayudando a muchísimos niños. Pero ¿cómo aprendiste tú? Cuando estabas en el colegio, cuando eras una niña, nada de esto existía. ¿Cómo aprendiste y experimentaste tú todo esto?

Si miro hacia atrás, creo que tuve una infancia bastante inusual. Fue una infancia normal y aburrida, no hubo tragedias, no hubo drama. Pero tuve algunas experiencias distintas. Por ejemplo, mi madre solía invitar a gente que acababa de salir de prisión a nuestra casa para tomar su primera cena en libertad. También solía llevar ropa y comida a personas que la necesitaban. Esto solía hacerlo después del colegio, por lo que, a menudo, yo iba con ella y la ayudaba. Tomábamos el té con las personas a las que llevábamos ropa, carbón o comida y siempre eran personas en una situación desesperada. Nos sentábamos en su cocina, en la miseria, y mi madre era una más entre ellos. Aprendí de ella que todos somos humanos, que estamos solo a un paso de esa situación que la persona que acaba de salir de prisión no es diferente de nosotros, que la gente así de pobre tampoco es diferente de nosotros, solo sus circunstancias son diferentes. Y creo que crecí buscando la justicia social, con rabia. “No es justo”, recuerdo decirle a mi madre: “No es justo”.

Y ella no sabía decirme con palabras qué podía hacer yo ante esto. Ella simplemente lo hacía, ayudaba a otros de forma silenciosa. Creo que mi madre tenía muchísima empatía y no juzgaba a nadie. Eso tuvo un gran efecto en cómo veo yo la vida y en cómo he podido ayudar. Mi padre también tenía una visión interesante de nuestra posición en el mundo. Crecí en Terranova, una pequeña provincia en el extremo este de Norteamérica. Una provincia pobre, no éramos sofisticados, no éramos ricos, pero mi padre solía sacar un globo terráqueo y me hacía elegir un sitio. Luego, metía dinero en un sobre y lo llevaba a la iglesia el domingo siguiente, para donarlo a ese país. Me explicaba que igual no podía comprarme los zapatos bonitos que quería, pero con ese dinero ayudaría a niñas que no tenían zapatos. Hizo que me diese cuenta de que podía marcar la diferencia. No sabía ni dónde estaban esos países, pero veía que, a través de mi padre, podía ayudar. También me llevaba a visitar a personas mayores al hospital y a residencias de ancianos los domingos por la mañana. Todos ellos eran personas vulnerables que, sin merecerlo, habían acabado en soledad. Mi padre me enseñó que podía hacer algo para ayudar. Vi todos estos problemas y me di cuenta de que la empatía era la solución. Y estos problemas son cíclicos e intergeneracionales, no dejan de ocurrir, ¿por qué no hacemos algo?

Si sabemos que la empatía es la solución, ¿por qué no hacemos algo nosotros mismos? Me di cuenta un día que fui a visitar a una de las madres adolescentes con las que trabajaba, y le habían vuelto a pegar. Tenía la ceja partida y le pregunté: “¿Qué ha pasado?”. Tenía al bebé en brazos y a su otra hija en el regazo. Y me dijo: “Mary, no ha sido su culpa. Me ha pedido perdón y me ha prometido que no volverá a pasar. Hasta lloró”. Para ella, eso estaba bien. Podía seguir pegándole, porque después se arrepentía y lloraba. Tenía 16 años y dos hijos. Su madre y su abuela habían sido víctimas de violencia de género y no iba a ser capaz de proteger a sus hijas de ese abuso. Y pensé: “Esas dos niñas van a crecer pensando que el amor es eso”. De camino a casa estaba furiosa, y es raro que salga algo bueno de esa ira. Estaba llorando de rabia y me propuse ayudar a esas niñas, no permitir que ellas y otros tantos niños crecieran creyendo que el amor duele, o que no podíamos romper ese ciclo de violencia intergeneracional. Has trabajado durante muchos años y sigues haciéndolo, y sé que ‘Roots of Empathy’ ha llegado a muchos países alrededor del mundo.

Me has contado que quieres llevar el programa a países de habla hispana, incluyendo España, en los próximos años. Me parece genial. ¿Sientes que estás luchando sola o tienes aliados, organizaciones que trabajan contigo?

 Trabajamos con otras organizaciones, sí, nos basamos en sistemas de valores. Puesto que trabajamos con el sistema educativo, no hacemos publicidad en absoluto. Puede parecer una locura, pero somos una organización benéfica y queremos dedicar todo lo que tenemos a llevar el programa a lugares que lo piden. Creo que el mayor reto es que los sistemas educativos se den cuenta de que, para que un niño se convierta en un ciudadano feliz y productivo, para que alcance una buena salud mental y un bienestar, necesita empatía. El problema, por supuesto, es el dinero. ¿Quién contribuye? Los gobiernos ayudan mucho en Canadá y algunos países europeos, en Estados Unidos, no.

A menudo, cuando un ministro de educación reconoce que hay problemas en la salud mental y el bienestar de los niños de su país, que hay problemas de ‘bullying’ masivos, nos llaman, porque hemos probado que podemos contribuir al bienestar de los niños, ayudarles a tener una mejor salud mental y reducir el acoso escolar. Nos quieren allí porque podemos arreglarlo. Vamos a países con los que tenemos un objetivo común y en los que podemos obtener apoyo económico. Países como Irlanda nos financian, porque ha habido, incluso, casos de suicidio de niños por el acoso escolar. Nosotros podemos reducir ese “bullying” de manera drástica. Y es algo permanente, porque los niños se dan cuenta de lo que sienten los demás cuando les hacen daño, y dejan de hacerlo. Suelen decirnos que los niños del programa hacen menos daño y ayudan más. ¿No deberíamos aspirar todos a eso? No me gusta que los retos me detengan, siempre sigo adelante. Si alguien nos invita, acudimos e intentamos ayudar. Tenemos muchas esperanzas puestas en España, ya tenemos un apoyo económico y algunos colegios que están interesados.

Mary, además de ‘Roots of Empathy’ tienes otro programa, ‘Seeds of Empathy’. ¿Qué es?

El programa está dedicado a niños más pequeños. Trabajamos mucho en la alfabetización temprana, pero a través del cariño y los juegos. No se trata de aprender a escribir, sino de emocionarse por aprender, por hablar, por escuchar y por conectar los unos con los otros. Lo más importante de ‘Seeds of Empathy’ es enseñar a los cuidadores y profesores que su relación con los niños es el vehículo para su aprendizaje. Es un desarrollo profesional para ellos, el plan de estudios es extenso. Nuestra localización más reciente es Hamburgo. Estamos formando a los profesores que trabajan en escuelas infantiles para que tengan disponibles los materiales que les permitan demostrar a los niños cuánto les gusta a los profesores leerles un cuento, cuánto se divierten con ellos y que pueden divertirse mientras aprenden, igual que ellos se divierten enseñándoles. Les enseñamos a potenciar el componente social y emocional con los niños, para que su alfabetización emocional comience cuanto antes. Queremos investigar, en el futuro cercano, cómo los niños que han participado en ‘Seeds of Empathy’ entre los tres y cinco años de edad se adaptan a la educación primaria y a ‘Roots of Empathy’.

 En ambos programas la figura central es un bebé y su madre, o padre. ¿Cómo los seleccionáis? ¿Cuáles son, por decirlo de alguna manera, los parámetros que tenéis en cuenta para decir: Vale, este padre, o esta madre, ¿es un buen modelo para los niños? Porque, al fin y al cabo, son eso, modelos a seguir.

Sí, es un asunto complejo, porque ¿quién somos nosotros para decir quién tiene una buena relación de apego y quién no? Y necesitamos una buena relación de apego, porque es el mejor modelo de empatía que tenemos. Preguntamos a los colegios donde trabajamos por alguna familia que vaya a tener un hijo durante el verano, para que ese bebé y su madre, o padre, puedan ser el centro del programa ese año. El colegio sabe que si la familia es una familia feliz y los padres tienen buena relación con el centro, es muy probable que la relación de apego de los padres con el bebé sea buena. Si ese es el caso, el colegio informa a los padres sobre el programa, les pregunta si estarían interesados, les envía información y, una vez están formados, el instructor del programa va a su casa y les explica todo en detalle. Allí, además, tienen la oportunidad de estar con la familia y ver cómo interactúan los padres con el bebé, buscamos padres que reaccionen a sus necesidades. Es una relación muy poderosa, los padres se sienten orgullosos y aprecian cuánto significan para sus bebés. Aprenden cosas sobre sus bebés, sobre su temperamento, que nadie les había explicado. Si tienes un bebé muy intenso, que llora mucho y al que cuesta mucho calmar, no es porque seas mal padre, es porque el bebé es así. Es predisposición genética. Antes me has preguntado si la empatía se hereda.

Esta entrevista fue proporcionada por el canal de YouTube Aprendemos Juntos 2030: https://www.youtube.com/watch?v=BRdWhowQTxY

Redacción Web del Psicólogo

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