Una nueva forma de hacer psicología



Amaya de Miguel: “Si tú quieres que tus hijos te sigan, lo más importante es que noten tu amor”

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“A veces me pongo en la piel de los niños y me doy cuenta de que están constantemente recibiendo instrucciones de adultos y, además, con hostilidad. Mi experiencia me dice que cuando damos instrucciones con amabilidad, con “disciplina juguetona”, los niños son mucho más receptivos”. Los juegos, cuentos, canciones y buen humor son claves para que los problemas cotidianos de convivencia desaparezcan. Con este punto de partida, la educadora y escritora Amaya de Miguel propone un cambio en el modelo de crianza, para que la confianza y la relación con los hijos se vean reforzadas. Autora del libro ‘Relájate y educa’ y de la escuela online con el mismo nombre, su metodología ha inspirado a cientos de familias para mejorar su forma de comunicarse. ¿Cómo evitar los celos entre hermanos? ¿Es posible establecer límites sin llegar a la confrontación? Con más humor y amor presente, del que se nota, se puede vivir en armonía. Para ello, Amaya de Miguel propone una “mentalidad de familia”, que resuelve la pregunta clave: “¿Qué necesita cada una de las personas de este grupo en este momento, incluyéndome a mí? ¿Y qué tengo que hacer para conseguirlo?”.

Amaya, me gustaría ver si me podías dar alguna herramienta para el tema de los límites con los niños, porque muchas veces nos quedamos sin recursos y no sabemos por dónde tirar.

Cuando hablamos de límites, lo que queremos es que mis hijos tengan las conductas que yo quiero que tengan. Es decir, hablamos de conducta, qué tengo que hacer para que mis hijas se porten bien. Y yo no te voy a responder en función de la conducta. El principal ingrediente para que tus hijas te sigan, te escuchen, es que haya conexión con ellas, que haya amor. En realidad, yo de lo que hablo siempre creo que es de amor, de cómo conseguir relacionarte con tus hijos desde el amor.

El amor viscoso. Me gusta hablar de amor viscoso, amor espeso, amor que interfiere, que está ahí en medio. Incluso, o sobre todo, en los momentos más difíciles, porque en los momentos fáciles es muy sencillo querer a un bebé que está en brazos tuyos, a una niña maravillosa de cinco añitos que te toca la carita o de nueve años estupenda como son tus hijas.

Pero en los momentos difíciles, en los momentos de crisis, es más difícil que el amor esté presente, que se note. Y si tú quieres que tus hijas te sigan, lo más importante es que les des amor. Todos queremos a nuestros hijos, pero no paso tiempo con ellos, les regaño todo el rato, solo les doy instrucciones. No, no somos cómplices. No hay complicidad, no compartimos intimidad, no paso tiempo con ellos para que ellos se sientan valorados, no me río de sus bromas o no me río con ellos. Entonces, pues sí, les quiero. Pero es un amor un poco teórico, porque no está en la relación, no se nota, no se palpa.

Por eso, si tú lo que quieres es que tus hijas te sigan, lo más importante es que noten tu amor, porque cuando se percibe este amor se hace equipo, se hace piña. Y recoger la mesa siempre va a ser un rollo, pero es distinto recoger la mesa si soy un miembro del equipo y me toca, porque en este equipo todos tenemos que trabajar, todos tenemos que aportar, todos tenemos que participar.

O si me toca recoger la mesa con el antagonismo y la hostilidad de mis padres, que me están mandando que la recoja. Una vez me invitaron a una mesa con periodistas y uno de los periodistas me decía que en este tipo de pedagogía, en estos modelos de crianza, ocurría que era como si fuera un partido de fútbol y uno fuera el defensa y otro fuera el delantero. Y entonces el defensa le dice al delantero: «Oye, por favor, ¿me pasas la pelota? Es que soy el defensa y no te puedo dejar marcar.

¿Serías tan amable de pasarme la pelota?». Y entonces el delantero le dice: «Vale, pues sí, toma, te la paso». Y yo le dije: «Bueno, esta es una concepción basada en dos equipos. Es la concepción del antagonismo. Somos antagonistas. Los niños están en un equipo, son el delantero que me quiere meter un gol, y yo soy el defensa del equipo contrario».

Lo que queremos es cambiar esta concepción. Lo que queremos es ser delanteros y defensas del mismo equipo, tener el mismo objetivo, funcionar como una comunidad. Eso no significa que no vaya a haber conflicto o, como decía antes, que los niños vayan a hacer sus cosas. «Sí, claro. Me encanta lavarme los dientes. Sí, claro, me encanta hacer deberes». No. Pero si somos una comunidad fuerte, va a ser muchísimo más fácil que los niños nos sigan y que esa estructura, esos límites, se respeten. De manera que, si quieres que tus hijas te sigan, respeten los límites, te obedezcan, como lo quieras llamar, dales amor.

“Si tú quieres que tus hijos te sigan, lo más importante es que noten tu amor”

En las familias que tenemos más de un hijo o una hija, muchas veces surgen conflictos que no sabemos muy bien cómo resolver. Sobre todo cuando llega el tema de los celos. ¿Cómo podemos enfrentarnos a eso? ¿Cómo podemos ayudarles para que esos celos se reduzcan?

En mi vida como madre, yo soy madre de tres hijos. En mi vida como madre, las escenas más duras que he vivido han sido las escenas de conflicto entre mis hijos. Son durísimas estas situaciones para unos padres. De hecho, antes de fundar… Mucho antes de fundar ‘Relájate y educa’, algunas de las escenas que veíamos en casa eran tan duras que yo me recuerdo en el cuarto de baño llorando, porque no sabía manejarlo. Ahora bien, la buena noticia es que sí se puede manejar, o se les puede enseñar a los niños lo que les ocurre, por qué les ocurre y cómo pueden actuar cuando tienen esta emoción de celos, de rivalidad, de competitividad tan fuerte.

No es un trabajo sencillo. No hay un cambio de la noche a la mañana. Es un trabajo de goteo que exige mucha presencia del adulto, muchísima guía, porque las emociones que tienen los niños cuando son varios son muy fuertes y son muy complejas. El principal problema o la principal dificultad es que el niño quiere tu mirada solo para él. Cada una de tus dos hijas quiere tu mirada solo para ella. Está muy bien que tenga una hermana. A veces comparten cosas maravillosas, pero si mi madre es solo para mí, muchísimo mejor. Pero mi madre a veces es para mi hermana. Y ahí es cuando mis emociones, tan complejas, me juegan una mala pasada. Porque a mi hermana la quiero, pero también la detesto.

Porque me está quitando la mirada de mi madre, que la quiero solo para mí. Lo primero que hacemos en ‘Relájate y educa’ es intentar comunicar a los niños lo que les ocurre, poner en palabras lo que sienten. Tengan la edad que tengan. Pero claro, ¿cómo le dices a una niña de dos años, de tres años que tiene celos de su bebé, del hermano bebé? Se puede decir. Nosotros usábamos, en mi casa, el lenguaje… Hablábamos de hadas. Y decíamos:

«Es que veo que cuando estoy dando de mamar a tu hermana vienen las hadas de quitar el chupete, las hadas de romperle el cuento, las hadas de dar una patada a mamá…». Lo que hagan los niños. Lo bueno de usar un lenguaje simbólico, metafórico, es que las hadas vienen y se van. No es: «Eres celoso». Es: «Tienes ganas de hacer esto que haces, pero eso se te va a pasar». ¿Cómo se le pasa? «¿Qué podemos hacer para que estas hadas se vayan antes? Porque la verdad es que nos lo hacen pasar un poco mal».

Y le damos alternativas. «¿Qué te parecería si te quedas aquí conmigo leyendo un cuento y, en cuanto tu hermanito termine de mamar, lo leemos juntos? ¿Qué te parece si en cuanto yo termine hacemos este plan que tengo preparado?». Estamos nombrando la dificultad del niño y le estamos dando algo de nuestro amor. «Ahora mismo no puedo darte ese amor que tú necesitas o esa mirada.

Tienes que esperar un poquitín, pero te la voy a dar». Si los niños son más mayores, se les puede seguir hablando igual sin usar esta figura de las hadas. Algunos alumnos míos hablan de superhéroes, hablan de mariposas, hablan de duendecillos… El duendecillo de pegar patadas, el duendecillo de reírse, el duendecillo de los besos.

«Y a veces viene el duendecillo de dar patadas a mi hermano, ¿pero qué puedo hacer para que venga el duendecillo de las risas? ¿Pido ayuda a mis padres cuando tengo esta emoción tan grande?». Y les enseñamos a los niños qué pueden hacer cuando tienen esa emoción fuerte, negativa, y no les estamos juzgando.

No les decimos: «Qué malo eres. ¿Cómo no quieres a tu hermano?». Y tampoco les decimos lo que tienen que sentir. Porque muchas veces, un niño nos dice: «Hubiera preferido que mi hermano no hubiera nacido. Yo estaba mejor cuando era hijo único. Ojalá se muera mi hermana». Y los padres sentimos que nuestro corazón se encoge, lo pasamos fatal y le decimos al niño:

«Pero tú a tu hermano le tienes que querer». Pero yo no puedo obligar a nadie a que quiera a otra persona y no puedo determinar los sentimientos y las emociones que va a tener mi hijo. Cuando mi hijo tiene estas emociones, yo tengo que ponerles un poco de sordina. Tengo que contextualizarlas. «En este momento, a este hijo mío le sobra el hermano, pero, a lo mejor, dentro de 10 minutos ya no». No son pensamientos y sentimientos definitivos. Son puntuales. Y yo eso, el adulto, lo tengo que saber.

Y tengo que hacer un ejercicio de traducción. Cuando mi hijo me dice: «Ojalá mi hermano no hubiera nacido», lo que tengo que pensar es: «En este momento necesito la mirada de mis padres solo para mí. En este momento me sobra mi hermano». Pero ojo, es en este momento, no es algo definitivo. Es muy útil que los niños puedan vivir en la fantasía lo que no tienen en la realidad. «¿Te gustaría que tu hermano no hubiera nacido? Claro, porque es que, si no hubiera nacido, estarías todo el rato con papá y mamá, no compartirías habitación, el pastel sería entero para ti, podríamos hacerlo todos juntos…».

Y se puede construir un universo ficticio muy exagerado. Sobre todo, lo tiene que construir el niño o la niña, aunque tú le des el pie, donde vive una realidad que no tiene en realidad. Esto les ayuda muchísimo, porque pueden procesar lo que les ocurre, sin necesidad de vivirlo en la realidad. «Yo me imagino que no existe mi hermano y, de alguna manera, mis emociones se apaciguan, se tranquilizan». Además, como en realidad los niños lo que necesitan es más del adulto, de los adultos, vamos a intentar dárselo. Vamos a darles amor incondicional. Vamos a pasar tiempo con cada uno de los niños, si se puede, de manera individual.

El mayor tiempo posible. Cuando tienes dos, tres o cuatro hijos muy pequeños, pues va a ser poco. Pero todo lo que puedas. Todo lo que puedas, se lo tienes que dar a cada uno. ¿Para qué? Para que sientan que tienen ese vínculo. Y también nos cambiamos las gafas. Esto es algo que muchos padres han aprendido a hacer. Hemos aprendido a hacer, yo también. Porque muchas veces hay cosas que rechazamos de nuestros hijos que no nos gustan y ellos lo perciben.

«Claro, es que valora más a mi hermano que a mí, porque hay cosas mías que no le gustan». Y muchas veces cambiarse las gafas y ver a ese niño que tiene aspectos que no nos gustan tanto o con los que no conectamos, por las razones que sean, se pueden convertir en cosas positivas. Imagínate que tú, una de tus hijas, es introvertida, un poco tímida, discreta… Y tú a veces piensas: «¿Y si fuera más echada para adelante? ¿Y si fuera más dicharachera?».

“Los celos se evitan fortaleciendo el vínculo con el niño y valorándole”

Pero si te cambias de gafas vas a ver a una niña observadora, reflexiva, con un gran mundo interior, que probablemente tiene cosas muy importantes que ofrecer a los demás. Y en el momento en que tú empiezas a apreciarla de esta manera nueva, te vas a dar cuenta de que esa niña tiene un montón de tesoros, que los cuida, los protege, están ahí. Y tú con tus gafas nuevas lo vas a saber ver y se lo vas a decir, se lo vas a comunicar.

Tal vez no diciéndole: «Qué cualidad tienes». Pero ella lo va a percibir, que tú la valoras, que es una niña que tiene valía. Y si la niña vale para ti, ya no compite tanto con la hermana, porque siente que tiene esa mirada enriquecedora de sus padres. Y ahora qué ocurre entre ellos, porque todo esto que he dicho hasta ahora es entre cada uno de tus hijos o cada una de tus hijas y tú. ¿Pero qué pasa cuando ellos están en el conflicto, en la pelea? Los adultos tenemos que intervenir.

Yo creo que es importante intervenir. ¿Pero cuándo intervenimos? Hay que diferenciar, porque hay una parte del conflicto que es necesaria. Los humanos somos mamíferos, somos como los leoncitos o los cachorros de cualquier animal que se van peleando para prepararse para la vida futura. Los niños igual.

Nos peleamos, tenemos conflictos y estamos aprendiendo una serie de habilidades de negociación, de asertividad, de defensa de nuestro territorio, conceder cosas que a lo mejor no concederíamos de otra manera… Son habilidades que vamos a necesitar en el futuro. Pero cuando empieza a haber, o cuando intuimos los padres, que lo vemos enseguida, que va a haber un daño físico o emocional, ahí hay que intervenir y cuanto antes mejor.

Pero no intervenimos para dar la razón a uno y quitársela al otro. No es bueno intervenir como jueces. Lo ideal es intervenir para separar, para parar ese momento crítico y, si es necesario, para mediar entre ellos y que ellos lleguen a acuerdos. Porque una de las cosas que veo en familias es que están tan habituados los hermanos a relacionarse a través de los padres, que son los que siempre dicen: «Tú bien, tú mal. Tú tienes que hacer esto, tú tienes que hacer esto otro».

Que cuando los padres ya no estamos, no se relacionan, porque no han tenido la oportunidad de relacionarse entre ellos. Y ojalá un día yo no esté y mis hijos sí estén. Y si ese día llega, yo quiero que se sigan viendo en Navidad. Quiero que sigan haciendo planes juntos, quiero que tengan una comunicación propia. Y si yo estoy interviniendo constantemente no van a ser capaces de desarrollar esto, porque yo no les voy a dar la oportunidad. Entonces es importante que les mostremos el camino para que ellos saquen sus conclusiones.

Las suyas. Para que tengan una relación propia. Y yo a veces no voy a estar de acuerdo. No pasa nada. Son sus propias conclusiones. Y el último, la última patita. Porque esto de las relaciones entre hermanos es como un puzle. Hay muchas piezas, muchas piezas. Es complejo. Pero hay una pieza que también es importante, y es enseñarles a los niños qué les pasa cuando tienen una emoción negativa hacia su hermano. Por ejemplo. No sé si les pasará a tus hijas. A mis hijos les pasa todo el rato y estoy segura de que a mí me pasaba de niña.

Esta entrevista fue publicada por BBVA: aprendemosjuntos.bbva.com

REDACCIÓN WEB DEL PSICÓLOGO

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